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Visita a la prostituta.


Con algún dinero en el bolsillo, Pablo se había dejado arrastrar por sus ímpetus sexuales en la fascinación de la noche y ya venía con regularidad frecuentando un viejo burdel que quedaba relegado a la periferia de Las Tunas, precisamente en la parte desértica de la ciudad. Era aquel sitio de placer, una casona sucia y sórdida que quedaba frente a los rieles del ferrocarril, el cual, nadie que tuviera un poco de pudicia osaría frecuentar. Con esta experiencia secreta, de ese modo vergonzoso, Pablo paradójicamente aumentaba la confianza en sí mismo e introducía algunas características indecorosas a su personalidad. De un día para otro se había hecho hombre. Y aunque siguiera en la escuela sentándose en el mismo banco de siempre, ahora solía dárselas de mayor y hablaba todo el tiempo a sus compañeros con la intención de resaltar su carácter viril, remembrando las andanzas nocturnas y sus experiencias con aquellas mujeres perdidas. Comenzó a decir para sí y a sus amigos: «Ya no soy un señorito». No obstante, a pesar de todo, le inquietaba a veces un problema sin evasión: y era que sabía perfectamente que si se enteraban su abuela o su noviecita tendría graves problemas. Eso no quitaba que cada tarde buscara en el bar los servicios de Angélica. Creía con ello, estar cumpliendo el gran sueño erótico de su vida. Y para seguir satisfaciendo el vicio insaciable iba a seguir frecuentando aquel sitio de placer durante todo el verano. Incluso, en la cúspide del gozo, dejándose arrastrar de este modo por la fascinación de las sombras y por sus ímpetus sexuales, quizá haya llegado a creer que el amor hacia Deby podía ser sustituido por una pasión de burdel. A veces no podía concebirse en otro lugar más que en el Bar de Tina y pasaba el día esperando que anochezca para salir a putañear. Entonces la mulata de edad madura, que seguía cuidando muy profesionalmente del lucro, con frecuencia y verdadero gusto solía mantenerse como Venus en su trono, amañada tras la caja del antro, pues allí la violenta penumbra del rincón ocultaba los estragos hechos por el tiempo a su ya pasada figura de reina. Angélica aún era patrona de tres mujeres tan deslucidas y viejas como ella, que a su vez dependían de un proxeneta. Pablo, al anochecer, llegaba a menudo para rondar el prostíbulo luciendo sus plumas nuevas. Esperaba hasta que Angélica pudiera recibirle, y momentos después que el chulo se retirara, la pollona cogía para el patio trasero, le hacía un guiño invitando a que la siguiera, y el chico haciéndose el gallo, ahí recién entraba detrás de ella. 9 Por entonces oscurecía tarde. Era una noche cálida y sofocante de agosto. En momentos que las sombras hicieron más angostas, las toscas paredes del establecimiento y sus empalizadas se confundieron con el fondo negro del firmamento y allí apareció Pablo desde la oscuridad de las vías del ferrocarril, mirando con ojos gatunos hacia el pasillo de las habitaciones, y éstas a su vez, iluminadas por un foco ordinario, respondieron de igual manera. Los gemidos de las mujeres flotaban chillones desde el interior de los cuartos. Pablo entró tan ganoso al bar que parecía perro en selo. Para hacer tiempo bebió unas cervezas; pronto la vio a Angélica sentada en una mesa solitaria pero no se animó a abordarla. En cambio se paseó durante más de una hora sin dejarse ver por los rincones del establecimiento, hasta que confundido y embriagado se retiró a tomar aire fresco a la parte de afuera. La negrura de la noche invadía todas las cosas, asechando los alambrados y los árboles que rodeaban el linde del pórtico venido a menos. En espera de que su mulatona saliera del bar, se detuvo debajo de una bombilla de luz colorada, como evitando quedar disipado por la oscuridad. Pronto advirtió Pablo que alguien se acercaba por las vías del tren. Primero creyó que podría tratarse del rufián que vivía a expensas de la ramera. Tuvo miedo, porque sabía que el vividor siempre andaba armado. Pensó en correr. Miró a su alrededor buscando un lugar donde esconderse, tropezando torpemente con un gran montón de vigas que se esparcían por el piso desordenadamente, y que a su vez le impedían el paso hacia los rieles. No tenía otra salida. Se agachó por el rincón de la sombra, y esperó en cuclillas, con el corazón agitado, entre las maderas y una columna adonde no llegaba la luz de las débiles lamparillas. Inmediatamente escuchó más voces merodeando, y el ruido de pasos que a menudo parecían acercarse y detenerse indecisos. Eran varias personas. Efectivamente, eran tres. Pablo sabía que si se movía traicionaba su presencia, así que se quedó inmóvil tras de la columna. De pronto oyó que abrieron de la puerta, brotando la oleada de confusas voces del interior del local. Asomó su cabeza y los vio. Eran tres uniformados, armados con fusil, que al parecer acababan de dar sus rondas. Seguro llegaban de patrullar. Los muchachos se volvieron hacia el interior y detrás de sí cerraron la puerta. Ahí recién Pablo recobró el aliento, se levantó y desapareció en la oscuridad. 10 Abstraído en lo que acababa de suceder se dirigió a su casa. Logró escapar de milagro, sin ser visto. No eran tiempos para andarse con bromas. Como estaban las cosas de calientes en esa época, de seguro, si hubiera corrido, confundiéndole con un agitador o con un maleante le habrían disparado. Eran momentos en que distintas células clandestinas realizaban por los centrales azucareros todo tipo de sabotajes. Entonces la Guardia Rural estaba más prevenida e inflexible que nunca…

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A continuación, breves reseñas de las distintas librerías y de quien efectuó la primera revisión del castellano en el texto: la doctora Flory Rivas.

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